INSULA De la fábula a la vida: Juan Chabás (1900-1954). Número 657. Septiembre 01
 
 

JOSÉ LUIS BERNAL SALGADO /
REFLEJOS VANGUARDISTAS: ESPEJOS, DE JUAN CHABÁS



El bienio 1920-1921 puede considerarse como la etapa central y en sazón del Ultraísmo, cuando alcanzan madurez sus teorías y el movimiento se afana por afirmar una personalidad propia e inconfundible, aunque ello fuera una tarea que, a todas luces, resultaba un empeño tantálico. Mas, si nos apartamos de las tertulias y del ámbito vivísimo de las revistas de la vanguardia o próximas a ella y queremos centrar nuestra atención, dentro de la creación literaria, en la producción editorial de los protagonistas del Ultra, observamos que el balance es cuanto menos sorprendente por la escasez de libros editados; hecho que atestigua la orfandad editorial de aquella poesía y por ende una de sus características principales, obediente al principio obsesivo de «novedad», «actualidad», que convertía en caduco lo producido ayer, en viejo por la tarde lo nacido por la mañana, en una suerte de carpe diem desquiciado o de hodiernismo antonomástico, que daba pocas oportunidades a la construcción de verdaderos ciclos de escritura o libros unitarios. Asimismo, los poemas y las prosas, asimilados a la condición de la obra plástica autónoma con la que compartían los espacios y foros de la Vanguardia, en muchos casos eran verdaderos «expósitos» «abandonados» a las puertas de las revistas del momento, que a veces terminaban reuniéndose en gavillas-libros heteróclitos, dependientes de la mayor o menor pericia constructiva del autor, bajo títulos polisémicos, amplios o vagos en su significado, aunque sugerentemente marcados por la «visión del mundo» vanguardista: pensemos en Imagen de Gerardo Diego (1922), en Galería de espejos de Lasso de la Vega (1920), en Reflejos de Valentín Andrés Álvarez (1920), en Hélices de Guillermo de Torre (1923) o, claro está, en Espejos de Chabás (1921). Además, al hecho excepcional de la edición a tiempo de estos libros, cabe sumar el nada despreciable carácter de «raros» que muchos de ellos tienen, al ser ediciones muy reducidas, de autor normalmente, y, salvo contadas excepciones, el no haber sido reeditados hasta hace escasos años o sencillamente no haberlo sido aún, lo que relegó a un injusto olvido a muchos de estos poetas o escritores mal llamados de segunda fila, caprichosamente arrancados de un canon mal entendido que se ha forjado en torno del Veintisiete.

Juan Chabás y Martí es un ejemplo esclarecedor de lo que vengo afirmando en tanto que como escritor vinculado a la vanguardia histórica publica «a tiempo» un libro como Espejos (1), que es un libro vanguardista ma non troppo, y se queda en el tintero una producción lírica acarreada al abrigo de los agitados primeros años veinte (producción hipotéticamente destinada a un libro que no llegó a publicar nunca: Ondas) (2), padeciendo una suerte de exilio invertido (silenciamiento lírico, exclusión de las nóminas generacionales al uso, etc.) que también afectó a otros vanguardistas per nativitatem, como los llamara Guillermo de Torre. Luego, el otro exilio verdadero daría a su obra y a su vida el prisma doloroso que teñiría de desarraigo su orbe creativo. El resultado, y no es el único caso, es el silencio cuando no el olvido, el injustísimo silencio o el doloroso olvido en el que cayeron tantos intelectuales, escritores y artistas de esa «Academia apócrifa» que con tanta gracia e intención se inventara Max Aub, amigo de Chabás.

Militancia vanguardista

En los primeros momentos de la Vanguardia histórica un jovencísimo Chabás colabora en los balbuceos del Ultraísmo y su firma aparece en las revistas principales del movimiento, como Grecia y Vltra. Sin embargo, su citado primer libro, Espejos, que recoge esa temprana producción, no es un grito iconoclasta en la línea vanguardista vociferada por la ortodoxia del Ultra, sino un perfecto ejemplo de cómo la Vanguardia se resolvió en Tradición, si Tradición próxima y vivida, en muchas voces jóvenes del momento. Pensemos en Dámaso Alonso, en Mauricio Bacarisse, en Gerardo Diego, en Isaac del Vando Villar, en Pedro Garfias o en Pedro Salinas, por sólo citar algunos ejemplos de autores diversos y coetáneos que se hacen notar en esos tiempos de la Vanguardia histórica.

Así, con intencionada claridad, en Espejos se combinan, como dijera Gloria Videla, las influencias ultraístas y juanramonianas, pues no en vano el poeta de Moguer fue abiertamente admirado por el de Denia (3). Acertadamente, Javier Pérez Bazo nos habla, a propósito de Espejos, del «hibridismo estético» de su autor (4), hibridismo que le valdría el juicio negativo de Guillermo de Torre, por cuanto el libro se escapaba de la ortodoxia exacerbada ultraísta que él mismo ejemplificaría en sus Hélices. La realidad, por el contrario, es que Espejos adolece de lo que adolecieron la mayoría de los pocos libros de poetas nuevos, y algunos no tan jóvenes, que vieron la luz en esos tempranos años veinte gobernados por el triunfo de la Vanguardia ultraísta (Mercedes de Pedro Raida [1920], Poemas puros, poemillas de la ciudad de Dámaso Alonso [1921], Reflejos de Valentín Andrés Álvarez [1921], Viaducto de César González Ruano [1925, pero compuesto en 1920], Galerie de glaces de Lasso de la Vega [1920] o Cráter de Rafael Laffón [1921], por citar sólo algunos textos publicados o escritos muy tempranamente) (5): que sus versos tenían más débitos con los precedentes modernistas que con las novedades del Ultra, en un claro hibridismo de tradición (fundamentalmente modernista) y vanguardia, no siempre resuelto en armonía, hibridismo que a más de uno le equivocó el rumbo en el vuelo de «evasión» iniciado.

Cabría también pensar, por ello, si Espejos no fue otra cosa que una especie de cura lírica juvenil, de proceso madurador del escritor en el seno de la vanguardia, pues aquel dedicaría luego sus afanes a la crítica literaria y, como creador, a la novela y al teatro, con títulos tan significativos y representativos de la nueva prosa del Veintisiete como Puerto de sombra (1928) o Agor sin fin (1930). No obstante, la poesía regresaría como expresión honda y capaz en el dolorido exilio para dar cauce al sentimiento profundo de Chabás, tal como atestigua el libro póstumo Árbol de ti nacido (1956), en el que se recoge su poesía del exilio.

Espejos: Vanguardia y tradición

El primer poema de Espejos, titulado «Explicación», y que es una verdadera excusatio y captatio a un tiempo, expone las intenciones del autor en el libro: a modo de diario poético, sus páginas están hechas «con pedacitos de vida», tamizada por el cristal impresionista juanramoniano, pero sin trabas técnicas, sin artificios formales ni alardes constructivos, procurando que sea la emoción más pura la que aliente el texto, en el que el lector encontrará «polvo de alma». Por ello, las partes que constituyen el libro reflejan el abigarramiento típico de una vida, esto es, la gama de motivos biográficos susceptibles de emocionar al poeta y al lector.

Quizá lo más sorprendente del libro, levemente ya atisbado en su título, sea el marbete de la primera parte: «Espejos de agua» (que encuentra su significativa simetría en la parte última titulada «Espejos paralelos»), casi homónimo del conflictivo texto temprano de Vicente Huidobro, El espejo de agua, que Chabás debió conocer, pues su segunda edición (obviada ahora la polémica primera edición bonaerense de 1916) se publicó en Madrid en 1918, coincidiendo con la trascendente visita y estancia del chileno en la capital. En esta plaquette, Huidobro expuso su teoría poética creacionista, encabezada por un verdadero poema-manifiesto, conocidísimo, titulado «Arte poética», donde leemos versos como estos: «Por qué cantáis la rosa, ¡oh poetas! / Hacedla florecer en el poema /... / El poeta es un pequeño Dios.» Los versos de Huidobro están dominados por el sema del agua, agua-cristal, agua-lágrima, agua-lluvia, agua-estanque, que quiere reflejar una nueva realidad creada, liberada del canon modernista, con cuyos materiales paradójicamente trabaja (recordemos cómo Larrea, poco después, haría florecer en su poema «Estanque» el «estanque» modernista incluso con sus cisnes, pero que se convierte por mor de la nueva ‘arte poética' en «espejo de agua» creacionista). El libro de Huidobro, en línea con su Adán, tenía un claro sentido augural y genesiaco. Sin embargo, Chabás no alcanza la propuesta huidobriana, ni lo pretende seguramente, es decir, no alcanza su radicalidad metafórica y su depuración del lenguaje; por el contrario, se queda en un intimismo simbolista, a ratos trasnochado, que apenas es disimulado por la tímida disposición caligrámica de los textos. Con todo, es la metáfora, la imagen nueva, la que bulle pujante en los poemas de Espejos, queriendo imponer su nuevo protagonismo. Por ello, aunque Chabás emplea la mitología ciudadana y se inmerge en el típico «nocturno» vanguardista urbano y cosmológico, que ha sucedido al nocturno melancólico o bohemio del modernismo, sólo algunas imágenes destacan del conjunto, imágenes aisladas que se aproximan al credo ambicioso de Huidobro y que se encuadran en la vanguardia más radical. En todo caso, si los versos de Chabás remiten a modelos claros como los de Juan Ramón o los de los hermanos Machado en lo que concierne a sus débitos con el modernismo de mejor cepa, en lo que concierne a sus débitos con la vanguardia el ascendiente de Huidobro es inequívoco (6). De manera que Chabás es un ejemplo más y muy significativo del deslumbramiento directo o indirecto que la personalidad del chileno y sus libros creacionistas, editados en Madrid en 1918 y «perennemente abiertos sobre los facistoles», como dijera ‘con gran conocimiento de causa' Cansinos Assens, ejercieron en los poetas jóvenes españoles de vanguardia (7).

En muchos textos de Espejos, la mirada augural de Chabás se queda en la superficie de esa nueva realidad florecida en el poema de que hablara el chileno, pero se queda en la superficie intencionadamente, pues resulta explícita su conexión con la poesía modernista o simplemente moderna de los maestros inmediatos, entre los que destacan, como señalaba, Juan Ramón y los hermanos Machado. Sus motivos en clave de humor o sujetos a la nueva mitología moderna (tranvías, hilos telegráficos...) no van más allá de la anécdota o la feliz ocurrencia, y conviven naturalmente con un aire de copla, de poema adelgazado, esencializado e intimista, al tiempo que evidencian su deuda con la greguería ramoniana (8). Por ello, a veces, la evidente neotipografía de los textos se antoja mera guardarropía o disfraz modernizante, mera pátina de vanguardia. No extraña, en consecuencia, que Chabás caiga en típicos motivos modernistas, empapados de la sentimentalidad fin de siècle, como es el caso de la sección del libro dedicada al «Domingo» (la tarde del domingo, el domingo ciudadano). Pero otras veces Chabás esencializa el motivo que le inspira y lo renueva brillantemente. Es el caso del poema «Ciudad llovida en invierno», en el que precisamente emplea la imagen del «espejo de agua» según el sentido propuesto por Huidobro:

Un espejo de agua en los ojos puros
de la ciudad, estaba
invirtiendo la imagen de las calles.
Las aceras calcaban
la desnudez mojada de las cosas.
Y todos los paraguas
         eran cúpulas buenas
                 para nuestras palabras.

A menudo se aprecia la huella del Juan Ramón intimista, dueño de un cromatismo impresionista certero. En este sentido, el motivo del «alma» personificada, o la casa del cuerpo (tiempo después nos encontraremos con el espiritualismo de Prados y su «cuerpo perseguido»), el reino interior modernista, tratado también por la Vanguardia, si con una figuración más atrevida e intencionadamente inversa a la modernista, aparecen en muchos poemas del libro. Por ejemplo, se encuentra una magnífica expresión de lo señalado en los últimos versos del libro, pertenecientes al poema «Madrugada»:

Y mi alma cayendo como un rocío
en las cosas,
y las cosas en mi alma.

Versos que no sólo dan cuenta de la nueva realidad poética que el poeta nos entrega, «las cosas», sino de la nueva relación del yo y la realidad, del yo y el mundo, que complica considerablemente el viejo «subjetivismo» modernista y se aproxima al credo creacionista que tanto Huidobro como otros autores coetáneos de Chabás —ese es el caso ejemplar de Gerardo Diego— formalizaron en la teoría y en la práctica en estos mismos años. Así, cuando Diego afirma «no buscar las cosas en nosotros, sino a nosotros en las cosas», está interpretando la teoría creacionista huidobriana expuesta en su famoso manifiesto titulado «La creación pura» (9) y antes pergeñada en el citado El espejo de agua, en la línea de una nueva «objetividad lírica», de larga descendencia en el Veintisiete, como atestiguaría, por ejemplo, Cántico de Jorge Guillén y su «Pájaro en la mano». Sin embargo, el propio Chabás radicalizaría desafortunadamente su juicio sobre el traído y llevado concepto de la «poesía pura», de la «pureza poética», cuando pasados los años y desde una óptica políticamente marcada, enjuicia la posición estética «pura» de la vanguardia «no comprometida» como «una concepción narcisista del quehacer poético», minimizando el papel de la «emoción» poética (y por ende humana), como si ésta en tanto artística fuera ajena al hombre, una emoción «deshumanizada», según rezaría el diagnóstico orteguiano (10).

Sin embargo, tanto de Espejos como de su postrero Árbol de ti nacido, lo que nos queda justamente es la «expresión» de esa emoción íntima del hombre Chabás a través de la palabra poética. Por ello creo que en la intencionalidad lírica de un título como Espejos el poeta remite no a un posible significado narcisista, evasivo o ensimismado del acto creativo, sino a su voluntad de verter a ‘lenguaje de poema', reflejándolo, el mundo. Espejos, pues, tiene un claro sentido metapoético, como lo tenía el título de Huidobro o el título con que Diego bautiza su primer libro vanguardista: Imagen.

Lástima que la «madrugada-alba» con que termina Espejos, lejos de augurar una prometedora primavera poética, con la que Chabás se da cita en su primer libro, abra un largo silencio de versos, que no empece, pese a todo, la consideración de su autor como un escritor total y rabiosamente coherente con su tiempo y sus coetáneos, debeladores artísticos de las viejas fronteras genéricas que la historia literaria les había legado y ardidos defensores de una «nueva literatura» de la que aún hoy somos deudores.

J. L. B. S.—UNIVERSIDAD DE EXTREMADURA

(1)  Espejos (1919-verso-1920), Madrid, Alejandro Pueyo, 1921. Se trata de un pequeño libro en octavo, de 95 páginas impresas, que responde a lo que anuncia el primer poema del libro, «Explicación», en su primer verso: «Este es un libro pequeño...» Libro hermano de los Poemas puros, poemillas de la ciudad, de Dámaso Alonso, impreso al mismo tiempo y en las mismas prensas de Pueyo, aunque bajo el rótulo protector de la «Editorial Galatea». Pérez Bazo desentraña, con la ayuda del precioso testimonio de Dámaso Alonso, la historia hermanada de ambos libros en su indispensable estudio Juan Chabás y su tiempo. De la poética de la vanguardia a la estética del compromiso, Barcelona, Anthropos, 1992, pp. 54-55.

(2)  Vid., para esta cuestión, las esclarecedoras palabras de Pérez Bazo en el epígrafe de su mencionado estudio titulado «Poemas para Ondas», en op. cit., pp. 69-72.

(3)  El Ultraísmo. Estudios sobre movimientos poéticos de vanguardia en España, Madrid, Gredos, 1971, 2.ª ed., p. 164.

(4)  Javier Pérez Bazo, op. cit., pp. 54 y ss.

(5)  Para esta cuestión, vid. José Luis Bernal, «Los frutos de la vanguardia histórica», en Voces de vanguardia, ed. de Fidel López Criado, A Coruña, Universidade da Coruña, 1995, pp. 97-121.

(6)  Pérez Bazo ha rastreado certeramente en su análisis de Espejos las huellas de Huidobro y Juan Ramón, quizá los dos reflejos más vivos detectables en nuestro libro. Creo que es significativo que precisamente Juan Ramón y Huidobro sean dos de los pilares básicos formativos del Veintisiete (op. cit., pp. 62-64).

(7)  Para estas cuestiones, vid. J. L. Bernal, El Ultraísmo ¿historia de un fracaso?, Cáceres, Universidad de Extremadura, 1987, pp. 21-24.

(8)  Para la «deuda vanguardista» de Espejos, vid. Pérez Bazo, op. cit., pp. 56-67.

(9)  En dicho manifiesto se sistematizan unas ideas centrales del creacionismo ya expresadas básicamente por Huidobro desde su «Arte poética» de El espejo de agua. Vid. V. Huidobro, Obras Completas, vol.1, ed. de Hugo Montes, Santiago de Chile, Andrés Bello, 1976, p. 271. Cfr., también, José Luis Bernal, «Prólogo» a Imagen de Gerardo Diego, Málaga, Centro Cultural de la Generación del 27, 1990, pp. 62-63.

(10)  Juan Chabás, Literatura española contemporánea, 1898-1950, La Habana, Cultural, 1952, p. 420. Existe edición reciente a cargo de Javier Pérez Bazo y Carmen Valcárcel, Madrid, Verbum, 2001.

 
 
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